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RUTA nº 304 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 106 Kms.
Castilla-La Mancha  ERMITA DE PEÑAMIRA
EL SORBE, LA PRESA Y LA VIRGEN MARÍA
Este santuario se alza junto al embalse de Beleña, en un bellísimo y apartado rincón de la sierra de Guadalajara

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Muriel, punto de partida de esta excursión, tiene su acceso más rápido por la carretera de Barcelona (N-II), desviándose en Guadalajara capital por la CM-101 hacia Yunquera de Henares y Humanes y siguiendo por la CM-1004 hasta Tamajón, donde se encuentra señalizado el desvío a la vecina aldea de Muriel
pista forestal cerrada al tráfico
recomendable para cualquier época del año; en verano, ofrece el aliciente de poder darse un chapuzón en el embalse de Beleña
la nueva ermita de Peñamira aparece en el mapa 'Sierras de Ayllón y Ocejón', a escala 1:50.000, editado por la La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257). No figura en la hoja 20-19 (Valdepeñas de la Sierra) del S.G.E.ni en la 485 del I.G.N. que sólo nos servirán para hacernos una idea del terreno
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En las viejas crónicas de Guadalajara se cuenta que el Sorbe antaño surcaba, nada más pasar la aldea serrana de Muriel, un hondo barranco salpicado de arboledas y espumeantes cascadas; que a la vera del río se hallaba la antigua ermita de Peñamira, y que dentro de ésta había una Virgen grande, bien tallada, del siglo XIII como poco, con el Niño sobre las rodillas. Casi nos alegramos de que no haya fotos de aquel lugar, que hoy podemos imaginar así: el santuario, el río, el árbol, el pájaro, el pez, el devoto y María Theotocos, 'trono de Dios', todos ellos apiñados en la pétrea angostura como figuras de un capitel labrado con sencilla y románica sabieza.

Tres disgustos se llevó la Virgen en el siglo XX. El primero se lo dio la guerra: en el verano de 1936, su talla fue hecha trizas, siendo sustituida tras la contienda por otra de ínfima calidad. Luego este campo de Peñamira, que así se llamaba, se le vació de fieles por efecto del éxodo rural –segundo disgusto– y la ermita cayó en el más ruinoso de los olvidos. Así no es de extrañar que, al construirse la presa de Beleña –en 1982, tercer disgusto–, la Virgen, si aún restaba algo de ella, naufragara en las aguas embalsadas del Sorbe ante la mirada impávida de los cuatro ancianos que quedaban en el contorno. Su imagen, como dijimos, no era muy buena.

En 1984, y a propuesta del periódico 'Nueva Alcarria', un grupo de buceadores madrileños intentaron rescatar la talla, pero lo único que vieron fue una masa informe de escayola decorando esta nueva mansión de truchas y barbos. No obstante, con algunas dovelas y sillares esquineros recuperados 'in extremis' de la ruina anegada, se erigió otra ermita en 1997, que es la que hoy se alza al pie del cerro Bermejo, en la orilla occidental del embalse, “entre abruptos roquedales que recuerdan los brazos de las calas mallorquinas”. Si así lo dice Antonio Herrera Casado, que es cronista provincial autorizado, habrá que creerlo y, con mucho gusto, ir a verlo.

Siete son los pueblos que rodean el embalse y que, resucitando la perdida tradición, acuden en romería a la ermita el último sábado de mayo, a saber: Aleas, Montarrón, Torrebeleña, Beleña de Sorbe, Puebla de Beleña, La Mierla y Muriel. Sólo los dos últimos disponen de camino directo. El de La Mierla, al sur de la ermita, es una excelente pista de tierra, pero tiene el inconveniente de que romeros, pescadores, bañistas y domingueros en general se meten con toda clase de vehículos, a cual más ruidoso, humeante y polvoriento. Mejor, pues, acercarse a pie por el camino del norte, desde Muriel. Está vedado a los coches. Sólo lo cruzan corzos y arroyuelos.

En Muriel –ocho almas, casas de piedra elemental y altas alamedas a orillas del Sorbe–, nos situamos al final de la calle principal y, dejando a la izquierda una roja cancha de deportes, nos echamos a caminar monte arriba entre olivos y carrascas. El camino, cerrado al tráfico poco más adelante con una cadena, sube y baja sin cesar salvando los regatos que corren hacia el embalse de Beleña, el cual permanece oculto a nuestra vista tras las riscosas Cabezuelas.

Del encinar autóctono pasamos bruscamente al pinar de repoblación. Así, entre pinos, y como a una hora del inicio, coronamos el collado Rancho, donde se presenta un cruce. Y siguiendo de frente, tras nueva bajada y nueva subida, el collado de los Yesares, desde el que ya se avizoran el embalse y la ermita. Sólo resta rodear el cerro Bermejo y tomar, en la bifurcación que aparece, por el ramal de la derecha, para dar con la pista procedente de La Mierla, que nos conduce ante el santuario en un decir amén.

Quizá parezca exagerado comparar el embalse de Beleña con el recortado litoral mallorquín, pero es innegable que la ermita de color mostaza, arrimada a una cresta caliza que se adentra formando dos islotes en el agua esmeralda, recuerda más a Deià que al viejo Sorbe. Se perdió un edén románico. Se ganó la ilusión del luminoso Mediterráneo. Ya sólo nos van quedando los paraísos artificiales. Rumiando esa agridulce idea, volvemos a Muriel por el mismo camino.

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