Vía Verde del Embalse de Picadas

Embalse de Picadas

 

Hoy os propongo una forma diferente de senderismo: Las Vías Verdes.

Se trata de unas rutas que aprovechan el trazado de antiguas vías de ferrocarril, unas ya en desuso, otras que fueron proyectadas, trazadas y nunca llegaron a funcionar, como ocurre con la que hoy hemos recorrido.


La Vía en sí, es un tramo demasiado largo para hacerla completa caminando. Está pensada para hacerla como ruta ciclista, y si se quiere hacer senderismo hay que recortar la distancia, dividirla en varios tramos, o de lo contrario tener un coche de apoyo que nos recoja al final.

Comienza en San Martín de Valdeiglesias, llega a Pelayos de la Presa y continúa hasta Aldea del Fresno. Nosotros comenzamos junto a la presa del pantano de San Juan, para terminar pasada la presa de Picadas. Unos 7 kilómetros aproximadamente de cómoda pista y un sendero como colofón del recorrido. Haremos un total de 14 o 15 kilómetros, calculados a groso modo.

Reflejos

Dejamos el coche junto a la carretera que se dirige desde Madrid a Pelayos, en un rellano donde se puede aparcar, muy próximo a la presa de San Juan, y buscamos un senderillo que, al final del viaducto, baja y lo atraviesa por la base de sus columnas, de este modo evitamos atravesar la carretera, en esa zona es un hormiguero de vehículos.

En pocos minutos nos encontramos en un lugar muy concurrido en el buen tiempo. Es zona utilizada para el baño, y un buen sitio donde pasar un agradable día de campo. Hoy, está solitario. Algunos pescadores, como siempre, personas madrugadoras, que no les importa, como a nosotros, que la mañana sea fresca, brumosa, y nos pida ponernos algo de abrigo, que a lo largo del día, con la llegada de algunos rayos de sol, habrá que ir quitando.

El sendero se dirige hacia una pista asfaltada que lleva dirección a San Martín. En cuanto nos encontramos con ella, giramos a la izquierda, hacia el barranco, alejándonos de la carretera. Ya podemos apreciar el trazado de la vía, que en realidad es una pista ancha y llana que bordea el pantano.


Al comienzo, llevamos a nuestra derecha una ladera poblada de pinos, y, al lado opuesto, se destaca alguna que otra casa de rojo tejado y blancas paredes. Es un embalse algo extraño, estamos acostumbrados a las grandes masas de agua, mientras que este, es largo, encajonado en colinas suaves, aparentemente lisas.


La mañana, brumosa , es especial.

 

No nos engañemos, en medio de estos pinos, las rocas de granito emergen mimetizadas con el verde del musgo y los liquenes que las cubren. De cerca, apreciamos sus colores grises y blancos, dibujos abstractos, caprichosos, como todo lo que hace la naturaleza, el embalse las ha puesto al descubierto, y se asoman a él desde las orillas.


Caminamos por la cómoda pista, en la que algunos charcos de agua se han helado y conservan este estado durante todo el día.

Al volver siguen igual, una dura corteza de hielo resquebrajado, que espera el calor para deshacerse, estamos en umbría.

Algunos ciclistas nos pasan, saludan y continuan rápidos a un destino maás lejano que el nuestro. No volvemos a verles en todo el día, lo que nos hace suponer que hacen la ruta completa.

La luz de la mañana le da un color especial al pantano, azul intenso, brillos de plata y oscuros reflejos de pinos y encinas.
Atravesamos el primer viaducto. Es un largo puente de varios ojos, el central mas ancho y bajo, casi lo cubren las aguas, los laterales más estrechos y altos. Todo el camino está reforzado con muros de contención y son varias las veces que cruzamos de una a otra orilla por estos viaductos.


Panorámica del pantano

 

Poco a poco la vegetación va cambiando, los pinos piñoneros comienzan a faltar y dejan paso a las encinas, algunas aún jóvenes, de hojas tiernas. Aparecen hermosos enebros y alguna sabina.

La primavera aún queda lejos, las hierbas están secas del pasado verano, y se tumban dobladas por las lluvias y el frío.
Junto al camino, esqueletos de rosales y zarzas de moradas hojas, encogidas de soportar las heladas, esperan los rayos de sol que ya no están lejanos.


Comenzamos a ver jaras, y aparecen las primeras matas de romero. Esta planta es un tanto especial. Me encanta verla, está por todas las zonas que visito, y me gusta encontrarla. Mantiene sus ramas siempre verdes, por lo que da color al invierno, y es la primera que florece. Se cubre de diminutas flores, de color malva, y si las miramos de cerca, están moteadas de puntitos oscuros. Como era de esperar, ya están en flor. Cada vez aparecen más, formando hermosos ramos. Es el toque de color del día.

Uno de los viaductos

 

Al rato de caminar, las aguas del pantano se alteran, atravesadas por un grupo de piragüistas. Pasan rápido, rompiendo la masa azul con la cadencia de sus palas blancas. Les vemos alejarse y seguimos la estela que dejan a su paso.

Es un paseo agradable, ideal para poner en marcha las piernas, adormecidas por los meses de invierno, en los que las ocupaciones no nos han permitido caminar.


A veces, a ambos lados del pantano, algunos arroyos se unen a él, no los vemos correr, solo el barranco que forman cuando arrastran sus aguas.

Al fondo de estos barrancos unas especies de calas invitan al descanso. En una de ellas, al regreso, encontramos una familia que ha venido a pasar el día.
Llegamos a un puente abierto en la roca. Lo rodea la pista, que nos permite caminar entre el túnel y las aguas. Pronto el río que se encajonaba entre laderas, se ensancha dilatado por la presa.
Junto a la pista, un grupo de encinas y enebros cobija un pito real, que canta incansable. Son trinos repetitivos, constantes, pero a la vez agradables.

Los muros de contención protejen la pista


Hace rato pasamos por un lugar en donde la pista se ensancha en lo que parece que debió estar pensado para la plataforma de la estación de Nava del Rey. En este punto un cartel nos explica la fauna existente en esta ruta, y entre otros, aparece el pito real, este que ahora no le importa que estemos buscándole en vano. No conseguimos verle. Él canta incansable, sin que le altere nuestra presencia. Acabamos observando las bayas de un hermoso enebro, y le dejamos en paz, con su insistente "pito, pito, pito"

 


A lo lejos, una gran roca emerge entre los árboles. Estamos cerca de la presa. Un oscuro túnel, vallado,en bastante abandono, unas dificaciones, una gran tubería que sube a un depósito en lo alto de la montaña, y coches, coches que llegan hasta aquí desde Aldea del Fresno y sus alrededores, y como consecuencia de esta "civilización" también llegan las basuras, los ruidos, los motores, las motos estridentes, y el deseo de huir de todo esto…

El túnel


 

Llegamos al borde de la presa, y se produce el milagro, el río ya no está prisionero, se retuerce entre rocas, y siento que yo, en mi interior, también me siento libre como el río.


Bajamos por un senderillo bien trazado, estrecho, con piedras que forman escalones naturales, bordeado de rocas. Se abre paso entre encinas y olivos, que si en su día fueron plantados, hoy crecen libres, silvestres. Al fondo, junto al río, las ruinas de un viejo molino, y, sobre una llanura, la piedra de moler abandonada.


Seguimos el sendero que nos lleva hasta una central eléctrica, la sobrepasamos por la parte más alta hasta llegar a donde termina la vegatación y vemos al fondo Aldea del Fresno. No merece la pena continuar. Parece que la ruta aquí está deteriorada, y aconsejan tomar la carretera por un tramo bastante largo hasta encontrar de nuevo la Vía Verde. Es una buena alternativa para ciclistas, pero nosotros, no estamos dispuestos a subir una gran cuesta por el asfalto de la carretera, para solo ver un pinar a ambos lados.

El río junto al derruido molino

Retrocedemos, y esta vez, tomamos un senderillo mejor marcado que al final se cubre de piedras colocadas a propósito para llegar al molino. Merodeamos por las casas derruidas, al fondo la enorme pared de la presa, y un ruido de agua en dirección distinta a la del aliviadero del pantano me hace buscar el orígen. Efectivamente, frente a nosotros, casi escondida en la maleza, salta el agua en caída de varios metros, y algo más abajo otra más pequeña. No conozco el origen de estos saltos, pero no me importa, solo me agrada verlos.

Encuentro las primeras flores de la primavera que aún no ha llegado, algunas pequeñas margaritas amarillas y preciosas campanitas blancas. Necesitaba estas piedras, el río salvaje, la hierba que empieza a ser verde, la libertad, la soledad de este lugar, es "la guinda" de este pastel que hoy hemos degustado.
Volvemos atrás, recorremos de nuevo la pista hasta el inicio. Las imágenes son distintas, la hora del día, las sombras, hacen cada lugar distinto en cada momento.
Agradezco esta iniciativa, y espero recorrer alguna Vía Verde más.

M.R.B.M.

Marzo, 2.005